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Todo empieza por casa

Hace poco en una conversación de café, dos amigas, María y Sofía, estaban hablando de las obras sociales que por estos días navideños cobran tanta popularidad. Sofía contaba de una fundación de niños pobres a la que un familiar de ella aportaba y de las fiestas que les organizaban con regalos, natilla y buñuelos. Una linda labor, sin duda alguna. Sin embargo, la conversación dejó de tener un tinte de admiración cuando María le sugiere a Sofía llevar a su hijo de tres años a que participara de las actividades. Nicolás podría divertirse mucho con tantos niños a su alrededor y sobre todo cuando en vacaciones es poco el contacto que tiene con niños de su edad. La expresión de asombro y negación de Sofía estuvo acompañada de una frase que dejó perpleja a su amiga: “No Mari! Nico no pertenece allí y no quiero que le peguen los piojos; qué asco que juegue con ellos”.

Es cierto; Nico no pertenece allí. Nicolás tiene más juguetes, desde el año y medio lleva recibiendo estimulación temprana de profesores expertos, su barriguita permanece llena las 24 horas del día y su desayuno va más allá de agua de panela y pan. Pero más importante, Nicolás no pertenece allí porque cuando crezca seguramente no va a tener la humildad, sencillez y hospitalidad que caracteriza a la mayoría de estos niños; va a crecer lleno de prejuicios.

El problema de la desigualdad en Colombia ha sido ya mencionado en otros post de esta página y la dificulta de trabajar en Bogotá. No es para menos cuando el fenómeno tiene tanta relevancia si se nos compara con el resto del mundo; Sólo Haití y Angola superan a Colombia en materia de desigualdad y en contraste con la mayoría de economías de América Latina, la inequidad en Colombia continúa creciendo. Lo triste es que además de ser tan inequitativa la distribución de la riqueza en el país, esa desigualdad la acentuamos aún más con nuestros comportamientos. La brechas se perpetuán, no sólo a través de lo material, sino también por medio de actitudes y clases sociales, que en Colombia especialmente nos hacen sentir parte de clubes privilegiados o ser excluidos de los mismos. Somos un país lleno de prejuicios, en donde actuamos como si existiesen barreras invisibles en las ciudades, en los negocios e incluso en los mismos centros educativos.

Así como la pobreza puede ser causada por cambios en el comportamiento de los pobres, como bien lo señala José Guerra, la desigualdad puede acentuarse también por ciertos comportamientos, pero de los más favorecidos. Por supuesto, las malas políticas públicas o la mala ejecución de las mismas son el principal causante de desigualdades (3). Sin embargo, las actitudes o comportamientos que las condiciones económicas o políticas sociales generan en las clases privilegiadas -muchas veces hereditarias-, son también reproductores de inequidad. Desde este punto de vista cabe hacernos unas preguntas: ¿Tiene el Estado alguna responsabilidad en este frente? ¿Pueden las instituciones generar condiciones para evitar la exclusión que nace (y se perpetúa) con las clases sociales?

En estas fechas nos preocupamos por llenar los árboles de navidad con regalos para los más pequeños. Hay regalos fundamentales para la vida que no son materiales; son enseñanzas valiosas para la formación ética de los menores y que de manera indirecta, pueden contribuir a la construcción de un país con menos prejuicios, y con ello -a lo mejor- con menos desigualdades. No se trata (necesariamente) de llevar a los niños y niñas a los barrios más desfavorecidos, pero si se trata de evitar ciertas actitudes o comportamientos que terminan por generar prejuicios sociales desde temprana edad.