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La Energía

La vida es energía puesta en uso. Nosotros los humanos hemos logrado dominar las principales fuentes de energía que existen en este planeta: la geotérmica y la nuclear.  Y por esta razón más que ninguna otra somos la especie dominante. Ninguna otra especie ha logrado extraer energía de forma tan eficiente como nosotros para hacer lo que hemos necesitado o querido. La energía más que el dinero es el principal motor de la economía y su  precio y disponibilidad la afectan directamente, más aún a aquellos países altamente industrializados (grandes consumidores de energía) o a importadores netos de energía que tienen que pagar el precio de mercado por su uso.

Las reservas de petróleo convencional a nivel mundial son 1.2 billones (millones de millones) de barriles de petróleo, con un consumo anual actual de 31 mil millones de barriles; las reservas de carbón son 860 mil millones de toneladas, con un consumo anual actual de 7 mil millones de toneladas; potencialmente tenemos la capacidad de aprovechar el viento, el sol, la energía de las mareas, los biocombustibles y muchas otras fuentes de energía. Pero, ¿cuánta energía hay que invertir para poder aprovechar la energía que los avances tecnológicos nos permiten usar?

Desde el inicio de la industrialización las principales fuentes de energía usadas por el hombre han sido el petróleo y el carbón (actualmente el petróleo representa el 33.5%, el carbón el 26.8% y el gas el 20.8% del consumo mundial – fuente US EIA). Durante el siglo XX el precio promedio del petróleo se mantuvo por debajo de los U$40 (precio 2011), con algunos picos como durante el embargo de petróleo en la década de los 70 (U$100, precio 2011).  En cambio el precio en los últimos años se ha mantenido por encima de los U$100 (en el 2008 alcanzó los U$147).

Para comparar la eficiencia de las diferentes calidades y clases de fuentes energéticas se ha desarrollado un índice que calcula la energía que se obtiene de la fuente por unidad de energía que se invierte en ella o EROEI (por sus siglas en inglés, Energy Return On Energy Invested). Cuando se empezaron a explorar, los yacimientos de petróleo convencional tenían un EROEI de 100:1, como es el caso de los grandes depósitos en Oriente Medio y Texas. A medida que esta tasa va disminuyendo, el requerimiento energético para extraer la energía se incrementa, y así hoy en día se calcula que el petróleo convencional tiene un EROEI de entre 20:1 y 50:1, el carbón de 80:1 y la energía hidroelétrica 40:1. Otras fuentes energéticas, que han ido llenando el vacío que ha dejado el estancamiento de la producción de petróleo, como los biocombustibles tienen un EROEI de 0.5:1 a 5.1:1, las arenas bituminosas de 6:1, la energía solar de 10:1, la energía eólica de 30:1, la energía nuclear de 18:1, el gas natural de 18:1, pizarras bituminosas (oil shale) de 4:1 y el gas de esquisito (shale gas) de 6:1.  Algunos autores sostienen que el mínimo EROEI para sostener la sociedad industrial debe ser de 5:1, es decir, máximo el 20% de la energía se debe gastar en producir más energía (Richard Heingberg, Searching for a Miracle).

Con base en el EROI se puede observar como la eficiencia de las nuevas fuentes energéticas ha disminuido, y en comparación es costosa e ineficiente con respecto al pasado, cuando los países desarrollados  se industrializaron  y se convirtieron en potencias económicas (sin entrar ha hablar de los detrimentos ambientales, sociales y de salud publica que causan).   Estos mismos países en la actualidad se están viendo altamente afectados por esta menor eficiencia energética. Algunos analistas atribuyen a este fenómeno el actual ambiente de bajo crecimiento o decrecimiento económico, debido a la gran cantidad de recursos que tienen que destinar estas economías para pagar por sus insumos, lo que les crea un déficit tanto energético como económico.

Países como Colombia tienen dos ventajas importantes, aún son exportadores de petróleo (y carbón) y solo una pequeña parte de su economía se va en sostener procesos que consumen grandes cantidades de energía. Aprovecha sus recursos hidráulicos y aún es autosuficiente en cuanto a producción de alimentos se trata. No tiene una industria agropecuaria altamente tecnificada que consume grandes cantidades de energía y no tiene que importar alimentos que han sido transportados de partes lejanas.

Con unas fuentes de energía cada vez menos rentables el crecimiento económico es cada vez más difícil de alcanzar. Si los insumos son cada vez más costosos, los productos a la venta son más caros, la gente pierde capacidad adquisitiva, por lo tanto las fabricas producen menos, reducen su personal, la tasa de desempleo aumenta, los gobiernos reciben menos impuestos y la gente tiene aún menor capacidad de compra – y así se entra en un círculo vicioso. Un círculo vicioso que es el nuevo escenario  de la economía mundial.

Por lo tanto hago un llamado a plantearnos el modelo que queremos seguir. ¿Queremos seguir copiando los modelos de producción y de estilo de vida de algunos “países del norte”, que los han llevado a tener un déficit energético (y de deuda) que no les está permitiendo avanzar y que por el contrario está creando una crisis económica global? ¿Queremos tomar un camino que no conduce a ninguna parte, que ha dejado un desgaste ambiental de gran magnitud, desigualdad, y que está creando problemas climáticos que no podemos resolver?  O queremos sentarnos a plantear un nuevo camino en donde los hidrocarburos no sean la base de nuestra economía, sino un complemento; donde crecer económicamente no signifique destruir el medio ambiente, explotar a los trabajadores, endeudarse, trabajar para comprar, seguir viviendo en la era de los excesos sin pensar que el mundo es un lugar finito con recursos finitos.

El mundo está cambiando. Ahora lo están sintiendo los países importadores de petróleo, pero en este mundo globalizado el cambio lo sentiremos todos, tarde o temprano.